Me llamo Dulce Ramírez, tengo 62 años. Durante muchos años enseñé inglés en una preparatoria a las afueras de Guadalajara. Mis mañanas comenzaban con el aroma del café recién hecho y el sonido constante de los estudiantes moviendo sus mochilas antes de entrar al aula.
Ahora mis mañanas son más silenciosas. A veces demasiado.
Una mañana mi hijo Gabriel me pidió que nos encontráramos en una cafetería del centro de Puerto Vallarta. Dijo que necesitábamos hablar sobre “el presupuesto”.
Esa palabra no sonó como una conversación tranquila entre madre e hijo. Sonó más como una advertencia.
Llegué temprano por costumbre y elegí una pequeña mesa junto a la ventana. El olor del espresso se mezclaba con el aire salado que llegaba desde el malecón.
Gabriel llegó diez minutos tarde, hablando por teléfono sobre inversiones y cifras. Cuando finalmente se sentó, sonrió brevemente y dijo:
—Mamá, de verdad tienes que dejar de gastar como si estuviéramos en 2005.
Sonreí. A veces es más fácil sonreír que discutir.