Pedí dos capuchinos y un pequeño pay de nuez para compartir. Quería que pareciera una mañana normal.
Cuando llegó la cuenta, la tomé por instinto y saqué mi tarjeta.
La máquina pitó.
Luego volvió a pitar.
La pantalla se puso roja.
El mesero me miró con incomodidad.
Antes de que pudiera decir algo, Gabriel habló con total calma:
—Sí. Yo bloqueé el acceso.
La cafetería quedó en silencio.
—He tenido que hacerlo porque mamá está usando la cuenta sin control —añadió—. Yo soy quien administra ese dinero.
Sentí las miradas de las otras mesas sobre mí.
Intenté reír, pero no salió ningún sonido.
Gabriel sonrió mientras miraba su celular.
—Algún día me lo agradecerás.
Respiré hondo y dije suavemente:
—Tienes razón, hijito.