No respondí la llamada de mi esposa.
Frente a mí estaba la profesora Patricia Gómez, tutora del curso de mi hija Camila.
En sus ojos vi algo inesperado: miedo. Un miedo real. El miedo de alguien que entiende que la verdad está a punto de salir.
Cuatro días antes, esa misma mujer había humillado a mi hija de catorce años delante de toda la clase.
—“¡Sé que tú robaste mi dinero!”
La obligó a vaciar sus bolsillos. Revisó su mochila, sus cuadernos, incluso sus medias.
Veintiocho compañeros miraban cómo mi hija, siempre honesta y aplicada, era expuesta sin pruebas.
Pero ese día… yo tenía un video.
Y ella todavía no lo sabía.