Eso fue hace tres años.
Con el tiempo, Gabriel comenzó a encargarse de casi todo:
Las cuentas.
Los pagos.
La gestión de mi pensión.
Decía que lo hacía para ayudarme.
Pero poco a poco también empezó a controlar el acceso a las cuentas que Rafael y yo habíamos abierto años atrás.
La cuenta principal estaba a mi nombre, pero Gabriel tenía acceso administrativo para manejarla.
Con el tiempo empezó a comportarse como si fuera suya.
Guardaba los recibos en carpetas ordenadas:
“Hogar”
“Gastos de mamá”
Como si yo fuera una categoría más.
Las palabras que nunca debí olvidar
En mi mesa de noche siempre guardé una foto de Rafael.
La tomaron en el malecón de Mazatlán una mañana ventosa.
Su corbata torcida.
Su sonrisa imperfecta.
A veces hablaba con esa foto cuando la casa estaba demasiado silenciosa.
Rafael siempre fue muy cuidadoso con el dinero.
Una vez me dijo algo que en ese momento me pareció exagerado:
—Nunca entregues lo que es tuyo, Dulce. La gente cambia cuando hay dinero de por medio… incluso la familia.
Yo me reí.